Hay días especiales, como esos en los que te pasa algo diferente o tienes un plan del que esperas algo bueno.
Te preparas, y durante un par de días como poco (porque sí queridos amigos, ese día especial lo tenemos en mente durante muchos mas días que dos) piensas en como irá, que te pondrás e incluso el tiempo que hará.
Y llega el día. El ansiado día. El fantástico, esperado, misterioso, ansiado día. Antes de salir de casa te miras al espejo y te sientes bien, te ves bien, estás bien contigo misma. Pero he aquí, ocurre algo. Y tu que te habías puesto tu vestido azul (el vestido este-es-mi-vestido-especial-para-ocasiones-especiales o el equivalente en pantalones) llegas a casa y después de todo el tiempo que habías esperado ese momento, las horas que pasaste pensando en qué ponerte, imaginando el día, te vuelves a mirar en el espejo y te sientes totalmente ridícula. Con la impresión de que, en vez de llevar tu vestido azul, ibas vestida de payaso. Y ya no te ves elegante o bonita sino espantosa y absurda.

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